A las diez empezó la cola. Había más veinteañeros que niños, eso sí, los críos se hacían notar, casi todos iban disfrazados y no paraban de corretear. Y adolescentes haciendo bromitas... Unbelieveable! Harry Potter die! Unbelieveable!
Para intentar domarlos, o entretenerlos, había varios actores haciendo trucos de magia y cebándoles a dulces: Smarties, gominolas, Chupa chups, palomitas, zumos tropicales...
Y todos tuvimos oportunidad de participar en un concurso de escobas, rellenar un crucigrama mágico y hacer un pequeño examen sobre hechizos. A medianoche se hizo una cuenta atrás y la gente se volvió loca, al igual que cuando se abrió la cortina en el cine.
Calculé unas 200 personas, quizá más, y en una hora todo el mundo tenía un ejemplar. Cuando pasabas la gruta de cartón aparecías en la librería y cuando te querías dar cuenta ya estabas fuera.
Unas señoras muy majas me dieron un diploma: Pilar celebrated the magic at Hughes & Hughes. Y de ahí la aventura acababa en la cafetería. Ahí flipé. Lo único que veías era gente leyendo, en las mesas y por el suelo. En la calle no porque llovía.
De vuelta a casa ví a una pareja dentro de un coche. Estaban callados y no se miraban, como si el otro no estuviera allí. No levantaban la vista del libro que cada uno tenía en su regazo.